Franz Kafka anota en su diario: "Los espectadores se ponen rígidos cuando pasa el tren". Una típica escena moderna, por lo demás provinciana, demasiado para ser sinceros. Su mirada en tercera persona no es la de sus espectadores frente al ferrocarril que pasa: toma su distancia de la modernidad, convertida en espectáculo para las masas. En la siguiente entrada de su diario, desfamiliariza una escena cotidiana: "Wenn er mich immer frägt ['Siempre que él me pregunta']. La ä, desprendida de la frase, se aleja volando como una pelota por la hierba". Está haciendo crítica literaria. Para Oscar Wilde, la crítica debe ser creadora de una interioridad. En Kafka, se deja a un lado la representación de lo cotidiano y se resalta su naturaleza de frase, que se convierte en motivo de interpretación literaria. Wenn er mich immer frägt motiva un paisaje íntimo en la que un pájaro (ä) suelta la rama, se libera del aquí y ahora, acaso se trata de un cuervo o un albatros, y se aleja: se reduce al observador a un punto infinito en el indeterminado cosmos. La angustia. Rueda el ferrocarril y rueda la vida. La modernidad y la existencia, paralelas. Las multitudes que contemplan el tren oponen la rigidez de su cuerpo, asumen el rigor mortis. Como el árbol frente a la tormenta, la modernidad los arrancará de raíz. El artista, un poco siniestro para ser sinceros, sigue con cierta ironía esa pelota que, como metáfora de la infancia y símbolo de la vida, también pasa no con la misma sino con mayor turbulencia que el mundo moderno. La escritura persigue eso que se aleja, indeterminado e inaprensible, la poesía.