Es como una de aquellas máquinas cargadas de deseos.
De lejos una campana que no es la de la iglesia repica, se paralizan los juegos y las madres llaman a sus niños. Yo salgo de mi escondite y me paro al borde mientras pasa. Casi siempre alguna pelota queda del otro lado de los rieles. El cencerro de esta bestia rueda sobre la hierba menuda de los jardines o rebota en las paredes de ladrillo carentes de argamasa. Recuerdo la vez en que uno de esos niños me invitó a almorzar a su casa y metí los dedos en el tomacorriente. Arrojaron mi cuerpo fuera, más allá de la reja que parece las barbas de una ballena.
Es desde que lo derribó una de aquellas máquinas cargadas de deseos.
Pronto me habría ahogado en la nada de mi insensibilidad, si no hubiera sido por el cencerro que venía hacia el puerto cargado de metales, ambicionados por las casas de ladrillo detrás de las rejas. Abrí los ojos y vi que el cielo tenía la forma del vientre de un gran cetáceo. A pesar de vivir a la intemperie, las bestias del campo raras veces se atreven a alzar la mirada. Se quedarían rígidas ante tal espectáculo. En mi agonía traté de nombrar todas las cosas del mundo y, en un anhelo de aire, fui devuelto a la materia oscura que reposaba sobre la hierba que crece alta, libre, pero había perdido para siempre mi nombre y mi voz dentro del inmenso estómago del pez.


