Principiaba el alba cuando Z. salió en dirección al colegio. Se distrajo persiguiendo a una mariposa blanca. Desprendida de pronto de la sonrisa de una niña. La llevaría entre sus manos; se las mostraría a sus compañeros... Esta se reveló extrañamente inaprensible.
Ojalá tuviera una cola. Ojalá dejara alguna huella.
Con cada pirueta, la acera conocida y los vecinos familiares se tornaron en rostros desconocidos y esquinas extrañas. Pero incluso en el cenit persistió tras la fantasmal figura. Parecía ella haberlo atrapado con sus manos invisibles...
Ojalá tuviera una cola. Ojalá dejara alguna huella.
Es el crepúsculo... y aún clama la madre en las sordas plazas de los mercados, en las avenidas trashumantes e indiferentes, y en las iglesias de inconmovibles pórticos.
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