La palabra es una canoa a la deriva. El signo, el sobreviviente de un naufragio: todo acto comunicativo es naufragio. La comunicación es catástrofe, aunque positiva, porque implica un sobreviviente: el significante. Sin embargo, la incertidumbre de la costa a la que arriba el significante es incierta: se parte desde tierra, un puerto, un lugar seguro, de pronto sobreviene el desastre, una tormenta, en el espacio marino, y, finalmente, el sobreviviente llega a una costa, desconocido lugar. Las palabras, el signo presenta la potencia exhausta del significar, pero la impotencia de no significar lo mismo, la ruta, el destino planteado en la partida. Y sin embargo nos entendemos: quizá porque el sobreviviente que partió llevaba aún consigo algo de barro en sus zapatos. De esta manera, el signo se nos presenta como un Jonás, cargado de un mensaje que no es el suyo. Este profeta causa el naufragio involuntariamente en el espacio (entre dos costa) en donde pierde todas sus vestidos menos las sandalias. Jonás es un hombre y como está hecho del lodo tiene peso, lo que implica que puede ser tragado (¿que se pierda algo?, ¿algo se pierde?), que no se transmita, que se altere, que se mutile: el signo es y no es de costa a costa. El signo, en el libro de Jonás, es abrigado en el estómago de una ballena lo que impide que el mensaje se sedimente en el fondo, pues el mensaje es divino, los hebreos creían que se transmitían sin pérdida sus riquezas de una costa a otra, pero el signo no-bíblico es diferente: padece de un naufragio en el que pierde vestido y joyas, y solo le queda la piel de barro. Al llegar, el maltrecho sobreviviente es llevado a "juicio", se le escucha y se le absuelve; entonces, se trata de una "costa" en la que el signo se enriquece. En esta nueva tierra, se re-produce embarrándose de nuevo la suela con el "barro"... Hasta que le toque la hora de partir de nuevo, a este heraldo, la palabra.
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